Naturaleza

El árbol hueco

Cómo sobrevive la encina de El Cubillo

La encina de el Cubillo es un ejemplar singular, de más de tres siglos de antigüedad, muy famoso en Guadalajara. Durante su larga vida ha sufrido varios incendios y ha resistido a diversos contratiempos. A principios de los años sesenta un rayo cayó sobre ella, pero diez años después un segundo rayo la partió por la mitad, dejándole el aspecto del árbol hueco que tiene ahora. Uno se preguntará cómo es capaz de sobrevivir esta encina en tales condiciones pero la explicación es sencilla: toda la vida de un árbol se concentra en unos pocos centímetros que incluyen la parte interior de la corteza, el cambium y el anillo más reciente de xilema. Ésta es la razón de que un viejo árbol hueco pueda vivir y desarrollarse.

En los árboles más jóvenes no ocurre lo mismo, ya que todo el tronco interviene en el flujo de savia. Con el paso del tiempo, la savia deja de fluir por los vasos conductores, y las células empiezan a morir. La vida se aleja entonces del centro del tronco y se localiza en su periferia, en la llamada albura del árbol.

En las células de la parte central del tronco se producen modificaciones químicas que provocan que sus paredes aparezcan lignificadas y se impregnen de taninos, gomas y colorantes. Así, funciona como un auténtico “cadáver” cuya única misión es sostener al árbol. Este fenómeno de envejecimiento da lugar a la formación de un núcleo de madera más dura y resistente en el propio corazón del árbol, conocido como duramen o madera perfecta. En algunos árboles, esta diferencia entre la altura y el duramen es perfectamente visible y se observa con un cambio de color.

No obstante, aunque los árboles son capaces de sobrevivir, cuando están desprovistos de su “armazón” de madera se encuentran a merced de ataques de hongos e insectos, vientos, tormentas y rayos que deterioran su estado y que pueden acabar definitivamente con ellos.

En muchos de estos árboles tan singulares se pueden realizar labores de “cirugía arbórea”, que permiten asentar la estructura del árbol para estabilizarlo.