Naturaleza

Un mundo ceniciento

Restaurando las cenizas del Timanfaya

Con una superficie de 51,07 kilómetros cuadrados, el Parque Nacional de Timanfaya, en Lanzarote, recibe alrededor de 1,7 millones de visitrantes cada año. Este ecosistema, frágil y singular, aúna una magnífica representación de estructuras geomorfológicas y materiales volcánicos formados a consecuencia de las erupciones de los siglos XVIII y XIX.

Para mantener el parque en un estado de conservación óptimo, el Ministerio de Medio Ambiente está desarrollando en Timanfaya actuaciones de conservación de carácter continuo, periódico y puntual. “Apesar de la gran afluencia de visitantes, el grado de conservación de Timanfaya es muy bueno -dice su director y conservador, el ingeniero técnico forestal Aurelio Centellas-. Las visitas, muy controladas, se restringen a zonas muy concretas del parque. Lo que ocurre es que, de forma esporádica, las actuaciones de visitantes incontrolados pueden causar daños irreversibles en las estructuras geomorfológicas o en los procesos ecológicos del área”. Por ejemplos, las personas que se salen de las rutas establecidas dejan en la ceniza una serie de huellas que alteran su estructura y color. “Para restaurar ese tipo de impactos, el personal del parque rastrilla la superficie afectada con unos rastrillos especiales de madera, iguales a los que tradicionalmente utilizaban los agricultores de Lanzarote”, explican Centellas. Las pisadas elevan hacia la superficie el polvo mas fino, lo que altera el color de las arenas volcánicas, llamadas lapillis o piroclastos. Una vez recuperada la estructura, se procede a la restauración del color mediante la aplicación de agua pulverizada que arrastra hacia las capas más profundas las partículas más finas, imitando así el efecto de la lluvia.